Una escena se repite en consultorios, aulas y mesas familiares: chicos que duermen mal, rinden menos, se irritan con facilidad y se aburren aun rodeados de estímulos.

La psicopedagoga Silvina Marchioni que cuenta con trabajo clínico y recorrido en escuelas de la provincia, no duda en señalar una causa que se volvió cotidiana: el uso excesivo de pantallas . No habla de demonizar la tecnología, sino de ordenar su lugar en la vida diaria para que deje de ocupar la niñez.

Marchioni parte de un dato que conviene recordar cada vez que encendemos el celular frente a un niño: el cerebro humano nace inmaduro y se moldea con cada experiencia sensorial. Lo que tocamos, olemos, miramos y escuchamos reorganiza su arquitectura. Por eso, además de contar horas de exposición a dispositivos, hay que cuidar la calidad de los estímulos que ofrecemos.

La especialista insiste en un matiz clave: la dopamina no es el problema; el problema es cómo la conseguimos. Las pantallas, los videojuegos, las series encadenadas o el azúcar entregan «snacks» de dopamina que producen placer inmediato, pero empobrecen la tolerancia a la frustración y la curiosidad. La «comida saludable» de dopamina, en cambio, nace de los vínculos reales, el juego activo, la naturaleza, el descanso y una alimentación ordenada.

En la consulta y en la escuela, los signos se acumulan. Docentes describen adolescentes que cabecean en los bancos por trasnochar conectados. En inicial y primaria, crece el uso de anteojos a edades tempranas y se advierten demoras en el lenguaje, atención dispersa y dificultades para sostener la memoria de trabajo. En casa, se repiten escenas de irritabilidad, hambre «de dulce», aislamiento, rechazo a escribir o dibujar y cansancio manual por falta de práctica con lápiz y papel. Cuando el entretenimiento se reduce a deslizar el dedo, se resiente la motricidad fina, el juego compartido y el aprendizaje cara a cara.

El punto de partida, dice Marchioni, es asumir la cuota de responsabilidad adulta. Los chicos aprenden por imitación y leen nuestros gestos más que nuestras palabras. Si pretendemos límites para ellos pero revisamos mails o redes a la noche, el mensaje es contradictorio. La especialista propone una regla simple y exigente a la vez: dos horas sin pantallas antes de dormir para toda la familia. La luz azul y la activación previa al descanso afectan por igual a niños, adolescentes y adultos.

¿Qué hacer con las edades?

La especialista retoma estándares internacionales y su experiencia clínica para ordenar el mapa: en menores de seis años, evitar pantallas. Entre los seis y los doce, no más de una hora diaria, con contenido curado y acompañamiento adulto. Desde los doce, hasta dos horas, con reglas claras, horarios y prioridades: tareas, movimiento y sueño primero. Todas las pantallas cuentan: celular, tablet, TV, PC y consolas. El horario nocturno, insiste, es el más crítico.

El hogar necesita acuerdos que se sostengan

Marchioni resume su hoja de ruta en cinco no: no en las comidas, no dos horas antes de ir a dormir, no durante actividades (tareas, deporte, lectura, juego libre), no en eventos sociales y no para calmar una emoción. «Si apagamos un berrinche con el celular, el niño no aprende a gestionar lo que siente», sintetiza. Los efectos se notan: baja tolerancia a la frustración, más ansiedad, impulsividad y dificultades para esperar turnos.

Cuando las señales encienden alarmas —somnolencia en clase, caída del rendimiento, aislamiento, lenguaje pobre o demorado, falta de atención, agresividad, ansiedad, búsqueda constante de azúcar— conviene pedir ayuda profesional y, al mismo tiempo, revisar con honestidad las horas y hábitos de pantalla en casa. Muchas familias, cuenta Marchioni, llegan al consultorio y se animan a decir en voz alta lo que pasa: «Antes de dormir le doy el celular», «pasa cuatro horas por día conectado». Ese sinceramiento permite intervenir.

La intervención puede ser un «detox» digital

Reducir de golpe o de manera planificada suele traer crisis: llanto, enojo, más demanda, intentos de negociación. Es esperable; se trata de una conducta adictiva. En esos días, el adulto debe estar disponible y presente. La consistencia es clave: reglas estables todos los días , sin un «hoy sí, mañana no». Si mamá o papá no pueden, se delega en otro adulto presente: abuelos, tíos, cuidadores.

La casa tiene que acompañar el cambio con señales visibles: dispositivos fuera de alcance y alternativas al alcance de la mano. Libros, hojas, lápices, rompecabezas y juegos de mesa devuelven al cuerpo y a la imaginación su lugar.

El movimiento, subraya la psicopedagoga, es el primer aliado: regula emociones y potencia el aprendizaje. En vacaciones y fines de semana, ayuda ocultar o guardar la televisión y los celulares, armar una canasta de juego con materiales simples, proponer desafíos como búsquedas del tesoro, rayuela, soga, carreras, huerta o cocina sencilla, jugar con masa casera, recuperar la calle y las plazas con presencia adulta y, según la edad, dar lugar a tareas del hogar: hacer la cama, barrer, ordenar, ayudar a cocinar. Manos ocupadas, mente atenta.

La escuela y la comunidad tienen un frente compartido

Regular el celular en las aulas colabora, pero no alcanza sin acuerdos familiares y educación digital. Somos seres sociales reales, recuerda Marchioni: aprendemos con otros y necesitamos el cara a cara. Cuando la pantalla ocupa el lugar del vínculo, se empobrece la conversación, la negociación y el juego compartido.

No se trata de enfrentar a la tecnología, sino de ponerla en su sitio . El ejemplo adulto pesa más que cualquier discurso. El cerebro es plástico y responde: con menos pantallas y más vida real, muchos síntomas mejoran.

Volver a lo simple no requiere grandes presupuestos, sino tiempo, límites claros y adultos presentes . En palabras de la especialista, menos pantalla es más infancia.

Fuente: Diario Norte

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